Opinión

Los mejores ya no lloran acá

Verón saludando al pueblo de Estudiantes a los 42 años, el Burrito Ortega llenando solo el Monumental, Simeone y Almeyda sufriendo en Racing y en River, Riquelme deteniendo el tiempo en su primera patria. Empieza a irse la primera generación que ya no volverá, a excepción de algunos

Por Ignacio Fusco

La emoción de Banega al despedirse del Sevilla(EFE)

La emoción de Banega al despedirse del Sevilla | EFE

Los mejores ya no lloran acá. Verón saludando al pueblo de Estudiantes a los 42 años, el Burrito Ortega llenando solo el Monumental. Simeone y Almeyda sufriendo en Racing y en River, Riquelme deteniendo el tiempo en su primera patria: La Paternal. “Adonde vaya —dijo Ever Banega este viernes— seré un sevillista más”. El volante se va a jugar al Al Shabab de Arabia Saudita y en su última conferencia de prensa habló con el último lenguaje posible, el único que no se puede simular: mientras leía una carta se llevó una mano a los ojos, se largó a llorar. “Mi Sevilla”, dijo un hombre que ganó la Copa Libertadores con Boca y es hincha de Newell’s. Ángel Di María, otro de los jugadores franquicia de la última Selección Argentina subcampeona de América y de un Mundial, dijo después de perder la final de la Champions frente al Bayern Munich que había dejado “la vida por esta camiseta”. Esta camiseta era —obvio— la del PSG qatarí. A cinco horas de viaje de su casa, mientras tanto, debutará este sábado —en Liverpool— Marcelo Bielsa en la Premier League. Lo hará a los 65 años, la misma edad que tenían Menotti y Bilardo cuando dirigieron en el fútbol argentino por última vez: en Independiente el Flaco, en un Estudiantes que peleaba contra el descenso el Doctor. Comenzaba entonces, no lo sabíamos, la serie cuya escena inmortal fue la del Gatorei.

Empieza a irse la primera generación que ya no volverá. Las explicaciones son obvias y son muchas —globalización, torneos hermosos, riqueza, paz—, pero algo más parece haberse roto en este siglo: quizás, un deseo; quizás, un puente sentimental. Gonzalo Higuaín se irá a Miami y el Kun Agüero se copó en Manchester haciendo Twich. Pablo Zabaleta ya se retiró, Rojo volvió pero duró un partido y tres violaciones de la cuarentena, Biglia hay que googlear dónde está. Lavezzi sí lo sabemos: está en un yate. De última estará en una playa, pero es eso o un yate: no sale de ahí. Todos jugadores que debutaron en la Argentina después de 2001. Caos, talento, despedida. Nivel máximo. Ligas hermosas. Un futuro previsible. Un futuro que se puede adivinar.

Cada historia es personal, cada historia es múltiple: cientos de experiencias suceden antes de que se forme una decisión. Sin embargo, nuestro 2001, la globalización de todos y los millones de los árabes  han desatado un cambio cultural: los Milito, Riquelme, Palermo, Gallardo, Ortega, Verón, Lucho González, el Piojo López, Ayala, Kily González, Saviola, Maxi Rodríguez, Gallardo, Aimar, todos héroes que debutaron en la última década del siglo pasado, habían elegido volver. Más tarde o más temprano, todos sintieron que los superpoderes que habían aprendido en Europa les servirían para que su equipo fuera más grande todavía y para que el fútbol argentino tuviera la limpieza, el orden y la preparación de Stamford Bridge.  Antes que los livings millonarios de una copa portuguesa o la B Metropolitana de Shangai, charlaron consigo mismos, mejor que Racing gane un Torneo Inicial.  Gago y Tevez han sido dos hermosas excepciones de la generación después de 2001, como Batistuta lo había sido de la anterior: el primer 9 de nuestras vidas se retiró en el Intercountry de Qatar. Crespo, de la misma escudería, quiso volver pero Passarella le pidió plata. Cavenaghi, Trezeguet. Bueno: Mascherano. Lo de Mascherano es fabuloso: que un tipo al que Pep Guardiola le mostraba partidos de Kobe Bryant en los Lakers para encender su furia competitiva pueda entrenar ahora al lado de Darío Sarmiento es fenomenal. Eso sí, ¿adónde volvió? A un club que tiene la pretensión de una paz europea: el Estudiantes de Verón, uno de los tótem de la otra guardia. Y ¿adónde volvieron Tevez y Gago? Al pasado, a un recuerdo: a un club que los amó. 

Leandro Paredes, Lo Celso, Lautaro Martínez, Dybala, Lucas Ocampos, Musso, Foyth, son la segunda ola de este siglo. Ninguno de ellos jugó dos torneos como titular en la Argentina: ninguno. Incluso el Kun Agüero, que debutó en 2003, tuvo su primera y única temporada completa entre 2005 y 2006 y ya se fue, tras enredarle la cadera a Crosa, al crucero europeo del Atlético de Madrid. Messi e Icardi no jugaron nunca en Primera, Balerdi y Nehuén Pérez no llegan a diez partidos entre los dos. Solo a Otamendi, De Paul y Tagliaficco les quedan algunos raspones de las canchas de Bahía Blanca o Sarandí: el central y el volante jugaron dos torneos seguidos en Vélez y Racing (un poquito más de 100 partidos entre ambos) y el defensor, el Marzolini de la época, completó cuatro campeonatos entre Banfield y el Independiente que conquistó el Maracaná. En este contexto, algo así como haberse ido de la casa de los padres a los 36.

Si es verdad que solo se vive en la infancia o la adolescencia y el resto solo consiste en recordar, la Next Gen argentina ya ha nacido entonces en Dortmund, Lisboa o Milán. El fútbol no es una historia hecha de presión alta, pasillos internos y perfiles orientados, es una historia hecha de sentimientos y conexión: los queremos querer, y por eso es tan vital la experiencia, la cercanía, una noche en la que en tu cancha te hayan hecho emocionar. Para los que tenemos más de 35 años, Dybala, Paredes y De Paul tienen la condena de hipnotizarnos solo a través de una victoria que refunde a la Argentina —o a través del juego, la belleza inmortal del juego. Para los que tienen menos y hayan sido ellos su infancia y su adolescencia, después de este punto pueden empezar a escribir.

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